La enfermedad LATE cambia el mapa del deterioro cognitivo en adultos mayores
Nuevas directrices médicas han permitido distinguir la enfermedad LATE del Alzheimer, revelando una alta prevalencia entre adultos mayores y evidenciando la urgencia de desarrollar terapias específicas. Casos recientes muestran cómo un diagnóstico más preciso cambia el manejo clínico y el pronóstico de los pacientes.
Una variante de demencia reconocida recientemente está reconfigurando la comprensión médica del deterioro cognitivo en adultos mayores. Se trata de la enfermedad LATE, un trastorno que, según nuevas directrices publicadas este año, afecta a cerca de un tercio de las personas mayores de 85 años y al 10% de quienes superan los 65. Su identificación ha permitido diferenciarla del Alzheimer, con el que suele confundirse, y ha abierto un debate sobre la necesidad de ampliar las opciones terapéuticas disponibles.
Especialistas advierten que un número relevante de pacientes diagnosticados inicialmente con Alzheimer podrían, en realidad, presentar LATE. “En aproximadamente una de cada cinco personas que acuden a nuestra clínica, lo que antes se creía Alzheimer termina siendo LATE”, explicó el neurólogo Greg Jicha, del Centro Sanders-Brown sobre el Envejecimiento de la Universidad de Kentucky.
Aunque ambos cuadros comparten problemas de memoria y síntomas cognitivos, LATE —abreviatura de encefalopatía TDP-43 relacionada con la edad— suele avanzar de manera más lenta y, en su forma pura, es menos agresiva que el Alzheimer. Sin embargo, cuando ambas patologías coinciden, los efectos se potencian: el deterioro cognitivo se acelera y los síntomas se vuelven más severos.
El neuropatólogo Pete Nelson, también del Centro Sanders-Brown, detalló a The New York Times que cerca de la mitad de los pacientes de 85 años con Alzheimer avanzado presentan LATE simultáneamente, una combinación que aumenta el riesgo de cuadros como psicosis, incontinencia y fallas funcionales más profundas.
Pacientes que durante años convivieron con diagnósticos preliminares de Alzheimer han descubierto, gracias a pruebas más específicas, que presentan LATE. Es el caso de Ray Hester, de 79 años, quien había sido catalogado en etapas iniciales de Alzheimer, pero cuya tomografía descartó la presencia de amiloide —la proteína característica de esa enfermedad—, confirmando un diagnóstico distinto. Una situación similar vivió Neil Carey, de 87 años, quien tras una PET también supo que no tenía Alzheimer, sino LATE.
La comunidad científica reconoce que la enfermedad ha sido subdiagnosticada durante años. Nelson impulsó en 2018 la creación de una categoría propia, al constatar que cerca del 30% de los casos de demencia no encajaban en las definiciones existentes. En 2019, un panel internacional formalizó la denominación y describió la base biológica del trastorno: acumulaciones anómalas de la proteína TDP-43, que afectan especialmente al hipocampo, región clave para la formación de la memoria.
Este nuevo conocimiento también ha planteado interrogantes sobre la eficacia de los medicamentos antiamiloide más recientes contra el Alzheimer. Dado que fueron probados antes del reconocimiento formal de LATE, expertos consideran probable que algunos participantes tuvieran ambas patologías y respondieran menos a las terapias, lo que pudo incidir en los resultados globales de esos ensayos.
Actualmente, el primer ensayo clínico dirigido específicamente a tratar LATE se desarrolla en la Universidad de Kentucky y utiliza nicorandil, un fármaco empleado en Europa y Asia para la angina de pecho. El equipo liderado por el Dr. Jicha investiga si el medicamento puede frenar la contracción del hipocampo y proteger el tejido cerebral. El ensayo incluye pacientes con deterioro cognitivo leve, entre ellos Hester y Carey.
A pesar de los avances, aún no existe un tratamiento aprobado para LATE. Lo que sí comienza a instalarse es un consenso entre neurólogos: gran parte de los adultos mayores podría haber sido evaluada con criterios insuficientes. Varios especialistas ya planean revisar diagnósticos previos a la luz de esta evidencia.
Para quienes conviven con la enfermedad, como Hester, la claridad diagnóstica cambia el horizonte, pero no borra las dificultades cotidianas. “Saber que es LATE y no Alzheimer es importante”, señaló. “Pero los problemas siguen ahí. Solo queda levantarse cada día y seguir adelante”.